jueves, 18 de febrero de 2010

Liliana y los chimpancés de la sabana


Foto: Liliana Pachecho en busca de chimpancés (Senegal)

En el sureste de Senegal, donde la sabana empieza a dar paso a las montañas Futa-Djallon, éstas ya en Guinea-Conakry, sobreviven los últimos chimpancés del país: entre 200 y 500 individuos.

La semana pasada tuvimos el privilegio de acompañar a Liliana Pacheco, primatóloga española que trabaja para el Instituto Jane Goodall de España (http://www.janegoodall.es/) estudiando estos chimpancés en un pueblo de la zona. Hablo en plural, porque a este viaje se han apuntado mi hermano Fernando y mi amigo Iñaki Zabala (foto 0), dos apasionados de la naturaleza y de los viajes, y experimentados compañeros a prueba de bombas… y de costra (fotos 1 y 2).


El Instituto me ha encargado, junto a Liliana y otros colaboradores, seleccionar el contenido para unos carteles divulgativos que se instalarán en los “campamentos” turísticos de la región. Esta ha sido mi primera visita a la zona: un poco rápida, pero muy productiva.


Desde Dakar nos fuimos directamente al Parque Nacional de Niokolo Koba (sobre el que ya he escrito antes en este blog), aprovechando que está de camino, que íbamos bien de tiempo y que llegamos relativamente pronto a la entrada, en Dar Salam (foto 3). Allí tuvimos la suerte de encontrar al mismo guía que tuve la otra vez, Ibrahima Kanté, y nos adentramos en el Parque a media tarde, llegando al hotel Simenti al anochecer.


Es la estación seca y el Niokolo tiene una apariencia completamente distinta de la del mes de junio pasado, cuando estaban empezando las lluvias. Pasamos también la mañana siguiente allí, dando una vuelta en barca por el río Gambia desde el mismo hotel (foto 4). En las 24 horas que estuvimos, vimos una buena variedad de mamíferos y otros animales (para los aficionados a las aves también es un sitio estupendo). Insisto, no os fiéis de las guías de viajes, la densidad de grandes animales es muy baja pero merece la pena visitar el Parque si vais a Senegal y tenéis suficiente tiempo (está a unas 10 horas de Dakar).


Para que os hagáis una idea: vimos hipopótamos (foto 5), cocodrilos, antílopes kobos (Kobus kob), acuáticos (Kobus ellipsiprymnus defassa) y jeroglíficos (Tragelaphus scriptus), oribi (Ourebia oribi), cefalofos o “duikers” (Cephalophus rufilatus), facóceros (Phacochoerus africanus, foto 6), mangostas rayadas (Mungos mungo), ardillas terrestres (Euxerus erythropus) y arborícolas (Heliosciurus gambianus), papiones (Papio papio), monos patas (foto 7, Erythrocebus patas) y verdes (foto 8, Chlorocebus sabaeus). Por si no fuera bastante, tuvimos la suerte de ver una civeta (Civettictis civetta) –una especie de gineta mega-desarrollada- corriendo como una loca en la orilla de la laguna de Simenti. También las aves nos agasajaron en el mismo lugar: una pareja de pollos de pigargos africanos (Haliaaetus vocifer, el “águila pescadora” africana) disputándose el pescado que les trajo un adulto. Y ya cerca del final de la visita, la guinda. Cuando estábamos medio asobinados por el calor y el traqueteo del camino (hay que permanecer en el coche casi siempre, foto 9), espantamos a un leopardo que hacía la siesta. Bajamos a buscarlo y conseguimos avistarlo un segundito, sentado y mirándonos desde la espesura a pocos metros. Tras una pequeña persecución a pie para intentar verlo mejor –no hagáis esto en casa-, lo volvimos a ver un milisegundo poniendo pies en polvorosa (Vd. perdone).

Así que, señores y señoras, ahora sí que puedo contar con toda seguridad… ¡mi vigésimo leopardo! Eso nos deparó el Niokolo-Koba, que no es moco de pavo.


Después recogimos a Lili en Kedougou, la última “gran” ciudad de la zona, y enfilamos hacia el pueblo donde vive. Como hicimos el trayecto de noche por una pista infernal –son 30 km pero se tardan al menos 2 horas- aprovechamos para, foco de mano en ristre, hacer un safari nocturno con el coche. Ya no estábamos en un área protegida, no había grandes bichos, pero sí algunos muy interesantes. Vimos unos cuantos gálagos (Galago senegalensis, lo que en inglés se llama “bush-baby”), que son un tipo de primate primitivo, del tamaño de una ardilla, grandes ojos de búho (son nocturnos), que se desplazan entre los árboles dando unos saltos horizontales increíbles. Comen insectos y resina, pero lo que era más interesante para Lili, que los veía por primera vez en libertad, es que a su vez los gálagos son una fuente de proteínas habitual para los chimpancés de la zona, que los ensartan con palos en los agujeros de los árboles donde se refugian durante el día. También vimos un par de ginetas (Genetta genetta) y un espectacular chotacabras “estandarte” (Macrodipteryx longipennis), un ave nocturna que arrastra en la parte posterior de la punta de sus alas dos larguísimas plumas que le dan un extraño aspecto de cometa (¡Pablo, JJ: por fin me he puesto al día!).


Una vez en el pueblo, los días han transcurrido básicamente a la búsqueda de los chimpancés y de sus rastros. Liliana (foto 10) lleva tan sólo 6 meses allí, por lo que el trabajo de habituación de los chimpancés (es decir, conseguir que se habitúen a la presencia cercana de humanos para poder estudiar su comportamiento con detalle), no ha hecho más que empezar… y se tardan cinco años en conseguirlo en este tipo de ambiente. Liliana cuenta para ello con la imprescindible colaboración de dos asistentes de campos senegaleses: Diva, una mujer, y Dauda, un hombre, y entre los tres componen un magnífico equipo.


El área de campeo del grupo de chimpancés en el que se han centrado es de unos pocos kilómetros (en esta época del año) a lo largo de una ladera boscosa muy cercana al pueblo (fotos 11 y 12). En un sitio tan esquilmado de grandes mamíferos como éste, resulta casi increíble que los chimpancés, animales tan notorios, hayan sobrevivido hasta la fecha. En parte se debe a las creencias locales, según las cuales si un chimpancé llega a tocarte, quiere decir que alguien te ha echado mal de ojo, por lo que la gente de aquí no tiene ningún interés en acercarse a ellos. Tampoco lo consideran un animal comestible, por suerte.


La jornada típica de Liliana consiste en subir a la ladera al amanecer para buscar los “nidos” en los que han dormido los chimpancés la noche anterior (foto 13). Estos nidos son camas que hacen retorciendo ramas en los árboles, y siempre usan uno nuevo cada noche. Suelen dormir agrupados, y como hay una cama por individuo, se puede saber el número aproximado de chimpancés, que en el caso del grupo de estudio es de 6 adultos y una cría. Para alegría de Iñaki (foto 14 y vídeo 1), resulta muy interesante trepar a los nidos para coger pelos (con el fin de hacer estudios genéticos, foto 15) y restos de comida (foto 16). Bajo los nidos se recogen los excrementos que pueda haber, para analizarlos posteriormente y ver qué frutos, insectos, semillas y otros alimentos (foto 17) componen la dieta de estos animales (sí, la zoología es muy escatológica, ya se sabía). Tras tomar todos los datos posibles de los encames y recoger todas las muestras (foto 18), se intenta seguir el rastro de los chimpancés durante todo el resto de la mañana, alternando con paradas prolongadas para intentar detectarlos a la escucha (foto 19), grabar los sonidos si es posible e intentar averiguar qué actividad están desarrollando en el momento. Y cuando hay mucha, mucha suerte, se puede llegar a verlos fugazmente –por ahora- adentrándose en el bosque.


Esta vez no tuvimos mucha suerte con la parte visual, y sólo Fernando e Iñaki pudieron atisbarlos un momentito a gran distancia con prismáticos, un día que trepamos a la ladera de enfrente y los oímos gritando a lo lejos. Sin embargo, si llegamos a oírlos muy cerca en varias ocasiones, y en una de ellas se dedicaron a remover grandes piedras y a pegar unos berridos absolutamente impresionantes (los chimpancés son animales grandes, de unos 40-50 kg y con la fuerza de seis hombres). Ese día en concreto, fue muy emocionante amanecer a 150 metros del encame, y a 50 metros de un manantial al que estábamos convencidos que iban a bajar a abrevar, pero decidieron no bajar y se marcharon sin saludar.


La jornada continúa y el calor (38º a la sombra) pega con fuerza. Al mediodía los chimpancés se refugian en lo más espeso del bosque (foto 20) y no reprenden la actividad hasta la tarde, así que si no hay contacto directo no resulta muy interesante continuar siguiéndolos (eso cambiará cuando se habitúen a la presencia de los investigadores). Para nosotros no hay problema, en el pueblo hay un campamento turístico con nevera y… ¡cervezas frías! Las cervezas que más rápido caen a este lado del río Gambia, desde luego, ¡viva el lujo y quien lo trujo!.


Esto no forma parte de la rutina de Liliana, pero a todo se acomoda uno. Después, comida en casa –las ventajas de tener chimpancés a 1-3 km del hogar-, siestecita si da tiempo y, normalmente, trabajo de gabinete y análisis de lo traído del monte (ejem, sí, caca básicamente).


Por la tarde, nueva subida al monte para seguir rastreando a los chimpancés e intentar detectar dónde van a pasar la noche, para recomenzar en ese punto al día siguiente. Y nosotros, más cervezas, por supuesto (fotos 21 y 22).

Estos días, alternamos el trabajo con los chimpancés con visitas y entrevistas en los campamentos de los pueblos de la zona (fotos 23 y 24, algunos en el famoso país Bassari, la principal atracción turística de la región por las “coloridas costumbres” de este pueblo animista) para el tema de los carteles, y con observaciones de otras especies de fauna y flora que pueden resultar interesantes para el trabajo. Hemos detectado directamente, por ejemplo, rastros de caracal (una especie de lince africano), hienas moteadas y algún antílope. También hay muchos papiones y monos verdes compartiendo el hábitat de los chimpancés.


Y como no todo va a ser currele, nos hemos pegado nuestros buenos baños en la cascada de Dindefello (¡100 metros de caída!, fotos 25 y 26, vídeo 2) y en las pozas de Afia (foto 27), regándolo todo de vez en cuando con un cargamento de cerveza Gazelle (vídeo 3).


Así que ha sido un viaje estupendo, interesantísimo y muy divertido, amenizado por las innumerables ocurrencias de Iñaki y sus interminables gadgets (qué no llevará en la mochila este hombre, ja ja), el buen humor de Fernando (foto 28 y vídeo 4) y la más que generosa hospitalidad de Liliana, dejando aparte la suerte de haber compartido unos días su apasionante trabajo.

Y acabo loando precisamente el valor de esta chica, que se vino a vivir a un pueblo a 15 horas de carretera de Dakar (foto 29), sin agua corriente y (vídeo 5), en una casa de 4 m x 4 m, sin casi electricidad, sin saber francés (ni mucho menos las lenguas locales, pero ahora ya controla franchute), sin vehículo alguno, y sin haber puesto antes un pie en África. Y lo mejor: es capaz de aguantar que tres mamarrachos como nosotros (foto 30, vídeos 6 y 7) le den la paliza a todas horas durante toda una semana sin inmutarse. ¡Olé, Liliana: buen trabajo y muchas gracias por todo!

Pista oculta: vídeo 8 (la verdadera razón de mi visita a los chimpancés)

lunes, 30 de noviembre de 2009

Aprovechando el silencio de los corderos

 Foto: Chacal dorado (Canis aureus)


Todos los años cuando llega la fiesta del cordero –el Tabaski en Senegal o el Aid-el-Kebir en otros países; una de las grandes celebraciones islámicas en la que se conmemora el sacrificio de Abraham-, aprovechamos que casi todo el mundo está ocupado degollando el carnero para alejarnos del follón de la ciudad. Es muy buen momento para viajar, si sales de Dakar cuando todo el mundo está en la mezquita y vuelves cuando todavía los estómagos están reposando el churrasco. Elegir bien cuándo entrar y salir no es ninguna broma, Dakar es una península con una única carretera de acceso al resto del país y los atascos son monumentales.

Así que hemos hecho un viajecito a los alrededores del Delta del Siné-Saloum, esquivando los camiones, furgonetas y coches cargados de corderos en el maletero (foto 1). Como era poco probable que pudiéramos hacer excursiones en piragua por los manglares en fechas tan señaladas, nos hemos quedado en las puertas del delta, pero aún allí, sin entrar en la parte más salvaje, hay un montón de cosas que ver y un paisaje alucinante.

A medida que nos acercamos al delta, vamos abandonando la sabana relativamente densa para adentrarnos en inmensas planicies arenosas salpicadas de charconas salobres y corpulentos baobabs (fotos 2 y 3). Este es uno de los lugares importantes para muchas de las aves acuáticas migratorias que están llegando aquí desde Europa en estas fechas, y junto con las especies residentes, se juntan miríadas de limícolas (las aves que se alimentan en el barro), gaviotas (foto 4), charranes, flamencos, pelícanos, garzas, cormoranes y águilas pescadoras. En el caso de esta última especie, tuvimos la suerte de ver una anillada y de poder leer las letras escritas en la anilla, así que en breve esperamos poder contaros de dónde ha salido esta viajera en particular. La mayoría de las águilas de esta especie que vemos por aquí crían en Europa septentrional y central y todos los años viajan a África para pasar el invierno europeo. Las españolas –bastante escasas-, por el contrario, se quedan en nuestro país todo el año.

No sólo de aves vive el amante de la naturaleza, así que nos pusimos a comprobar la veracidad de las historias de hienas (hiena manchada, la grandota de los documentales) que pululan por el delta (…y por muchas otras regiones de Senegal). Y no hizo falta ir muy lejos, a 1 km escaso del alojamiento más lujoso de la zona (El Lodge des Collines de Niassan, en Palmarin ), encontramos un buen surtido de huellas mientras comíamos el bocata. Silvia se echó una buena siesta ahí mismo… antes de saber qué compañía se oculta en los islotes de estos saladares. En Senegal son animales estrictamente nocturnos y no conviene dormir al raso en el campo porque no hacen remilgos a nada. La próxima vez nos alojaremos más cerca de las hienas y les dedicaremos un paseo nocturno (¡en coche!) para ver si las encontramos.

Menos inquietantes, pero igualmente espectaculares, son los chacales. En África los hay en todas partes menos en las selvas más espesas, desde la playa hasta la cima de las montañas, y desde Ceuta hasta el cabo de Buena Esperanza. Volviendo de Palmarin, nos topamos con una pareja de chacales dorados (Canis aureus) campeando en el límite entre el “monte” y la planicie (un sitio parecido a la raya de Doñana). La hembra, coja de una mano, tuvo la gentileza de posar para la foto (foto 5), pero el macho, bastante más grande y auténticamente dorado, no era tan curioso y no quiso figurar en el blog. Otra vez será.


lunes, 23 de noviembre de 2009

Mi madre lo sabía: el sentido de la vida está en sentir la vida (adiós, mamá)

Foto: Mis padres pasándoselo en grande
en el lago Nakuru (Kenia), en 1998


Este es mi minúsculo homenaje a mi madre, esto es lo que he podido rescatar por ahora de entre esta inmensa ruina que ha dejado.


Algunos creen que nuestro cerebro está hecho para pensar, para computar montañas de datos y realizar complejos análisis que desembocan en pensamientos, más o menos profundos según la necesidad o las ganas. No es cierto, están equivocados: nuestro cerebro está hecho para sentir, para tomar todos esos datos, análisis y reflexiones y transformarlas en sentimientos: en amor, odio, alegría, tristeza, asombro, decepción, ansiedad, calma, placer, asco, admiración, envidia, melancolía, éxtasis… y mil otras cosas alucinantes. Pensar es sólo una parte del asunto, la vida consiste en sentir.


Y de eso, mi madre sabía un montón. Y eso mismo, mi madre nos lo inculcó… a su manera.


Me imagino, no lo sé, que eso es lo que mi padre, mi inmenso padre, vio en ella desde que eran casi unos chiquillos, y que eso era lo que compartían y lo que les mantuvo juntos y todo lo felices que se propusieron, que fue una barbaridad sin paliativos. Y, para ser coherentes con sus principios de sentir sin restricciones, también se enfadaron a veces, sin que eso supusiera mucho problema. De hecho, tenían una solución mágica para esos episodios: se prometieron no irse nunca a la cama enfadados. Una gran receta secreta.


Mi madre, en definitiva, se hizo un precioso caminito de sentimientos a lo largo de su vida, guiada por el mejor de todos, el amor, y sin hacerle tanto caso al guía otras veces como buena viajera independiente que era.


Su amor por su Pepe, mi padre, se encarnó ocho veces en sendas combinaciones genéticas con vida propia, de las que tengo el orgullo de formar parte y ninguna queja. Ni falta que hace hoy que entre a valorar ni a detallar la inmensidad de este amor, sólo tenéis que escuchar el viento triste que seguirá buscándolo por todos los rincones todavía por muchos años.


Otro de sus amores más tremendos, la música, lo plasmó primero en su exitosa carrera de piano y, más tarde, mediante no sé qué alquimia misteriosa, en un concentrado de genes melómanos que se materializó en mi hermano Carlos… con la graciosa colaboración de los genes pepunos, menos duchos en el tema pero no menos voluntariosos.


Su amor por las buenas causas, que son por supuesto las que llaman perdidas, lo transformó en muchos, muchos años de trabajo desinteresado fuera de casa. Consciente de lo perdidísima que debía ser la causa de sus hijos, sacó tiempo durante unos 14 años para ayudar a otros, menos perdidos pero que habían tenido la desgracia de padecer carencias e incluso de tener que haber ido a paliarlas a países lejanos como el nuestro. Matando dos pájaros de un tiro, mi madre aprovechó para aplicar en este último caso, -el de la la asistencia a refugiados-, su amor por otras lenguas y culturas, hablando francés, inglés, italiano, portugués y hebreo. Últimamente, pero sin intenciones asistenciales que se sepa, estaba aprendiendo catalán… a los 71 años de edad.


Y así transcurrió una vida, así pasaron los años, entre estos y otros amores, y, cómo no, entre otros sentimientos que siempre se hacían a un lado para no enturbiar la dicha. Mi madre vivió siempre sintiendo, sintiendo fue capaz de sobrevivir a la muerte de su marido - tan sólo hace dos años y cuando tanto les quedaba y nos quedaba por sentir juntos-, y sintiendo muchas ganas de vivir se le escapó la vida, qué torpe ella, en un descuido de su cuerpo, qué torpe él.


Mamá, no te preocupes, no perderemos de vista al guía. Papá, descuida, seguiremos esforzándonos en hacerlo bien, como nos habéis enseñado. Gracias a los dos, no tenemos nada que perder.

lunes, 28 de septiembre de 2009

Con las patas en la grasa

Foto: José Luis Rodríguez http://www.miradanatural.es/foto.php?id=6324

Era una cabaña de piedra de dos pisos, entre montañas de verde fresco habitadas por los buitres. Una tarde de verano, a la vuelta del paseo, encontramos sobre la mesa la bolsa de madalenas rota y un montón de migas desparramadas: señales de mucha hambre y de pocos modales. ¿No podías deshacer el nudo y comer como una persona? Que yo no he sido, que yo tampoco... y no pudimos desvelar quién fue el asaltante ese día.

Por la noche, quedamos en no dejar fuera ningún cacharro sucio de la cena, para no tentar a los zorros, que son capaces de salir corriendo con un cazo en la boca si pueden rebañarlo en un sitio tranquilo, y ve tú a encontrarlo.
Lo mismo se aplica a cualquier otra cosa de olor atractivo (para ellos, claro), como unas zapatillas viejas o una bota de vino.

Y tan ufanos, seguros de no perder nada a dientes de los raposos, nos fuimos a dormir en el piso de arriba, que más bien era un desván abierto a la planta baja. Estábamos bien arropaditos, cogiendo ya el sueño, cuando empezamos a oír lametazos. ¿Pero no te dije que no dejaras fuera la sartén sucia? ¡Pero si no la he dejado fuera, está dentro, abajo, sobre el fogón! El de la sartén, al oír esto, se puso a lamer con más fruición todavía los restos de aceite y pringue. Una cosa es que un zorrete espabilado te mordisquee las botas que te has dejado fuera de la tienda de campaña, pero que se meta en una cabaña a darse un banquete estando sus moradores intentando dormir dentro, y amenazando con ventilarse la magra despensa que nos quedaba, eso es demasiado... Así que, con medio cuerpo todavía en el colchón, encendí la linterna y alumbré a la cocinilla, sacando la cabeza por el hueco del altillo para ver con quién nos las veíamos. Una forma alargada y oscura estaba, efectivamente, apoyada sobre la cocina y muy ocupada en dejarnos la sartén como la patena.

En un santiamén cundió el pánico en la parte animal y el bicho, poniendo pies en polvorosa, se plantó en dos brincos agilísimos en el mismo altillo desde donde lo observábamos. ¡Y detrás venía un segundo congénere, con idénticas prisas! Uno tras otro, driblaron la linterna, pasaron a escasos centímetros del colchón y de sus dos atónitos ocupantes humanos, y se escabullieron por un agujero del portón que daba a la ladera del monte. Esa noche dos garduñas se relamieron el refrito de los labios, asustadas pero contentas, y a la mañana siguiente, yo claveteé nuevas tablas en los agujeros de los ventanucos y de la puerta, como en los buenos dibujos animados... No fuera que cualquier día, a la vuelta del paseo, sorprendiéramos a la pareja de fuinas retozando en nuestro propio lecho.

Y colorín, colorado, la historia de las dos garduñas en la cabaña se ha acabado. Nuestras disculpas a los zorros, pero ya se sabe: unos cardan la lana y otros se llevan la fama.



jueves, 6 de agosto de 2009

Sin ir más lejos

Foto: Tejedor (Ploceus melanocephalus). Nacho Aransay

Hoy sólo escribo para poner fotos de Senegal. En primer lugar, una carpeta con fotos de pájaros, la mayoría hechas en el jardín de casa (incluso diría que casi todas desde esta mesa en la que escribo), y algunas pocas -las de las aves grandes- en los alrededores de Dakar (unas lagunas en un sitio llamado Technopole). También he añadido algunas hechas en el Parque Nacional de Niokolo-Koba que no puse en su día.

Y, en segundo lugar, para que veáis un poco cómo es, he subido una carpeta con fotos de nuestra casa en Dakar y de la ciudad. Iré poniendo más y mejores.

En definitiva, que tenemos una casa molongui llena de pájaros exóticos, ¡olé, olé olé! ¡Que se vea!

Espero que os guste.