domingo, 29 de enero de 2023

CENTELLA


La entrada al Parque Nacional de El Darién

El Parque Nacional de El Darién,  en el extremo oriental de Panamá, lindando ya con Colombia, comprende 560.000 ha de selva tropical[1]. Allí, la carretera Panamericana que recorre el continente de norte a sur, desde Alaska a Tierra de Fuego, se interrumpe ante el dominio de los árboles gigantes. 

El final de la Panamericana

El asfalto termina en el pueblo de Yaviza, a unas 5 h y media de la ciudad de Panamá en un buen coche y, según reza una señal junto a la carretera, a 12.580 km del otro extremo de la Panamericana, en Alaska. Yaviza tiene un pequeño pero animado puerto fluvial en el río Chucunaque, desde el que en 45 minutos se alcanza El Real, una considerable población situada casi en el punto en el que se alzó la posiblemente primera ciudad fundada (en 1510) por los españoles en América: Santa María la Antigua de Darién. Dese, desde allí Vasco Núñez de Balboa alcanzó el Océano Pacífico por primera vez, pero apenas en 1520 la ciudad se trasladó a la actual capital por razones estratégicas.


De El Real hay media hora en coche hasta la entrada del P.N. de Darién, desde la que a su vez sólo queda andar 3,2 km de llana pista, adentrándose ya en la selva, hasta la Estación Pirre 1[2], centro de operaciones de los guardabosques del Parque. Esta estación, también conocida como “Rancho Frío”, es la base desde la que hoy en día se puede visitar el Parque Nacional de Darién, dado que la Estación de Cana, mucho más metida en la selva, permanece cerrada indefinidamente. Rancho Frío es un bonito claro junto a un río en el que se alzan dos construcciones: una para las dependencias del Parque y otra, menor y de dos plantas, con literas y colchones para los visitantes. Además, hay una cocina exterior techada y un bloque de abluciones con servicios y duchas. Todo ello es muy básico y pide mantenimiento a gritos, pero aun así Rancho Frío ofrece unas comodidades más que bienvenidas en un entorno tan agreste, especialmente en las fechas en las que visitamos el Parque, con la estación lluviosa todavía en plena demostración de su poder.

En cualquier punto de esta región es imprescindible ir con un guía (debidamente registrado con el gobierno de Panamá, garantía de su formación y preparación), tanto por razones de seguridad (no perderse, distinguir en el camino una serpiente que puede ser venenosa, etc.), como para ver e identificar la fauna y flora sin demasiadas frustraciones; aquí, en la frondosidad de enormes árboles que se alzan hasta 50 metros por encima del suelo, es harto difícil ver pájaros y otros animales. Desgraciadamente, hay muy pocos guías –actualmente, parece que sólo el nuestro: Isaac Pizarro, cuya empresa se llama Tour Darién- que trabajen en esta difícil zona. Las razones principales son tres: (1) hasta hace pocos años toda la región estaba en manos de las FARC colombianas, (2) los traficantes de droga recorren por la noche los senderos de la selva, y (3) hay un creciente tránsito de migrantes que, con origen en cualquier punto del mundo, llegan hasta aquí desde Colombia en dirección a los EE.UU; este flujo se asocia, desgraciadamente, a toda clase de barbaridades que sufren las familias que arriesgan todo, incluso la vida, por llegar a un mundo mejor. Hoy en día, no obstante, el área de Rancho Frío es segura, queda lejos de las zonas más calientes y no hay que temer allí por nada, siempre que se sigan fielmente las indicaciones del guía. Indudablemente, y simplemente por las características naturales de El Darién, internarse en la selva sin un guía experto puede acarrear sustos muy graves y desorientarse allí probablemente no tenga remedio.

Rancho Frío

Tan sólo hay tres caminos que salen de Rancho Frío, además del de llegada: uno de apenas 1,5 km que lleva a una bonita cascada, un segundo muy largo y empinado que lleva a la cima de Cerro Pirre (a 1300 m s.n.m) y el tercero, también muy largo, que lleva a una base del SENAFRONT, la policía fronteriza de Panamá.

Tras algunas excursiones previas, la mañana del 30 de noviembre de 2022 empezamos a recorrer este último camino tras vadear el río, con toda la calma del mundo, a ritmo de observación de pájaros. Impresionantes rapaces forestales, vistosos paseriformes de todos los colores, colibríes, enormes y chillones guacamayos… se dejan ver con cuentagotas en las ramas, mientras que por todas partes la vegetación se desborda en forma de árboles gigantes sobre los que crecen una miríada de otras formas vegetales: lianas, líquenes, musgos, plantas epífitas… Por el suelo, cubierto por todas partes de hojas secas y algunos charcos, pululan incansables las hormigas cortahojas y, de vez en cuando, una tarántula u otra gran araña se cruza en el camino. Más raramente, atisbamos alguna serpiente, lagarto (suelen ser Anolis) o rana. A veces, descubrimos huellas de agutíes (roedores del tamaño de una liebre, muy abundantes), mapaches o coatíes. En varias ocasiones vemos también familias de monos aulladores (Alouatta palliata) y de los endémicos titíes de Geoffroy (Callithrix geoffroyi), que a su vez nos observan con curiosidad y/o con disgusto. La llamada fuerte y profunda de los aulladores es sobrecogedora.

Este camino de SENAFRONT pronto se convierte en una simple senda, apenas reconocible, que asciende con suavidad por la ladera de la selva. En no pocos puntos, la trocha se desvía por árboles caídos y ahí es necesario prestar buena atención para no perderla. Poco a poco se sube por el lomo de una especie de estrecho carballón, desde el que hay una buena visibilidad de las pobladas laderas en sus flancos. Es ya más de media mañana, hemos visto un buen puñado de aves y me puedo ahora permitir bromear un poco con los compañeros: “Este es un buen punto para ver un jaguar, porque o lo vemos en una de las laderas que quedan a nuestros pies, o nos pasa por encima por esta estrecha senda”. 50 m más adelante el guía señala algo marcado en el barro entre hoja y hoja: una clarísima y reciente huella de felino, acompañada de un excremento de buen tamaño de color claro y lleno de largos pelos; jaguar, sin duda, reciente y grande. La broma ha resultado ser premonitoria.

Jaguar. Oír esa palabra en boca de Isaac, el guía, confirmando la identidad del gran felino que ha pasado por aquí no hace mucho, hace que se acelere el corazón y que vuele la imaginación. El animal ha recorrido esta senda en la misma dirección que nosotros, monte arriba, y al parecer ha sido en algún momento de esta misma mañana, probablemente a primera hora. Pregunto si hay posibilidad de confusión con un puma, pero el tamaño de la huella lo descarta, dice el guía[3].

Dani y yo viendo el rastro de cerca
Dani y yo viendo el rastro de cerca

Seguimos avanzando, sin apresurarnos y sin privarnos de airear nuestra excitación comentando la enorme suerte que tenemos de haber encontrado una huella de jaguar en este enmarañado laberinto; es un  maravilloso colofón a nuestra visita. A los pocos minutos encontramos otra huella fresca, del mismo jaguar, de nuevo en la senda y en la misma dirección y, más adelante, otra más y de nuevo un excremento. Vamos descubriendo más y más huellas en nuestro progreso y, además, escarbaduras y otras señales de donde el gran jaguar se ha sentado o tumbado en su recorrido. Por el aspecto del rastro se hace evidente que es muy fresco, mucho más de lo que había pensado Isaac al ver la primera huella; en realidad, podríamos estar literalmente pisándole los talones a un jaguar de gran tamaño, por increíble que parezca.  La probabilidad de ver un jaguar en un hábitat como éste, en el que la visibilidad es escasa, y a pleno día, es ínfima, pero por eso mismo no hay que desaprovechar esta oportunidad, por escuálida que parezca. Ahora que está claro que el animal puede estar todavía en la senda, el guía comienza a moverse con mucho más sigilo y mantiene la mirada en la lejanía tanto como se lo permite la selva, más allá de nuestros pasos; yo voy el segundo, intentando ver por encima de su hombro, consciente de que en cualquier momento podemos vislumbrar al animal si la suerte, que ya ha sido tan benévola, nos sigue acompañando.

Excremento y huella de jaguar (Panthera onca)

Al cabo llegamos a un pequeño rellano donde la vegetación se abre un poquito y aprovechamos para descansar unos minutos y ver algunos pájaros más; pero el jaguar me espolea el ánimo e insto a todos (somos cinco en total) a seguir pronto senda arriba, porque la posibilidad de toparse con él es muy real, está muy claro por la frescura creciente del rastro. Mis compañeros responden a mis apremios y reanudamos en seguida el ascenso ya callados, cuidando de no hacer ruido al movernos y con los ojos enfocados tan lejos como nos lo permite la vegetación.

Pocos minutos después, el terreno vuelve a nivelarse en una pequeña explanada. A la vez que nuestros ojos se hacen a la nueva perspectiva, se oye a cierta distancia una especie de tos, corta y seca, casi un gruñido, y acto seguido algo grande atraviesa el sendero de izquierda a derecha, rápido como una centella, agitando las hojas de las plantas al recorrer las escasas decenas de metros que lo separan del final de la explanada, donde desaparece ladera abajo a la misma y fulgurante velocidad. A pesar de que nos ha pasado por delante, no hemos podido ver absolutamente nada del animal. Imposible verlo.

El guía se queda petrificado: “Graaaande, ese animal”, comenta perplejo. “¿Qué era, qué era?” Yo también lo he visto y no he podido atisbar ni un pelo de lo que acaba de pasar corriendo a unos 25 m de distancia. “¡¿El jaguar?! ¿has oído el ruido?” –pregunto- “sí, tiene que ser, yo también he oído el ruido, pero no he podido ver nada”-contesta Isaac. Los demás se hacen las mismas preguntas a nuestras espaldas.

Nos dirigimos inmediatamente al sitio desde donde creemos que ha arrancado el animal, a escasas dos decenas de metros, justo a la izquierda de la senda. Al situarnos en ese punto Dani, uno de mis compañeros, encuentra algo que se está alejando lentamente por el suelo en dirección contraria a la tomada por el corredor. Al principio, lo que consigo ver es el final de una cola muy gruesa, que parece de algún tipo de mamífero, pero en seguida compruebo con asombro que por delante de esa punta hay al menos tres metros de enorme serpiente, gorda como un perro salchicha, que se arrastra por encima de un tronco; ¡es una enorme boa constrictora (Boa imperator)! Nos aproximamos a unos tres metros para observarla mejor y la serpiente adopta la estrategia de quedarse quieta, seguramente en un intento de pasar inadvertida ante posibles depredadores, pero está claro que nos observa atentamente por el rabillo del ojo. Es magnífica y, a la vez, imponente. Nos quedamos unos minutos haciendo fotos y vídeos, hasta que se harta y, con un movimiento súbito, vuelve la cabeza en nuestra dirección, lo que provoca la desbandada de los cinco presentes, en un sálvese quien pueda, sin esperar a comprobar qué intenciones tiene el ofidio gigante. Desde la lejanía, vemos cómo la boa sigue su camino, alejándose del sendero hacia la ladera que desciende.

Un día duro para la boa constrictora

Isaac concluye lo mismo que yo estoy pensando sobre esta escena: con casi completa seguridad, hemos sorprendido al jaguar en el momento en que estaba sobre la boa, mirando cómo comérsela. Al vernos aparecer en el rellano, el jaguar ha emitido un corto gruñido y ha huido a toda velocidad hacia el lado contrario a aquel por el que nosotros llegábamos, con tanta velocidad y pericia para ocultarse que no hemos podido ver absolutamente nada más que las plantas moviéndose a su paso. Estamos todos boquiabiertos: hemos rastreado un jaguar en la selva de Darién, hasta encontrarlo en el momento en que se disponía a atacar una boa constrictora de 3 m de largo. Si me contaran esta historia, difícilmente me la creería, con toda la razón.

En nuestro asombro, nos preguntamos qué habría pasado si hubiéramos tardado unos minutos más en llegar a este rincón de la selva: ¿habría estado el jaguar concentrado en el ataque a la boa y habríamos conseguido ver esa escena, o al menos atisbar también al felino antes de que hubiera huido? Quién sabe, nos quedará siempre esa duda.  

Satisfaction

Decidimos seguir senda adelante un poco, confirmando en los siguientes centenares de metros que el rastro del jaguar no continúa más allá de la boa y que nuestra interpretación de los acontecimientos es correcta. Pensando en que quizás el jaguar haya vuelto a por la boa, volvemos al cabo de unos 20 minutos al lugar de los hechos, pero ya no encontramos rastro de la serpiente ni del felino.  

Con la excitación todavía a flor de piel, descendemos por la misma senda hacia Rancho Frío, parando a observar de nuevo algunas de las huellas del jaguar con el que nos hemos cruzado… sin haberlo visto. Ya abajo del todo, nos damos un baño bajo la cascada para despedir la mañana.

De camino a la cascada

Nos habían dicho que los jaguares abundan en Darién, donde hay una población mucho mayor que en otras regiones de Centroamérica, pero nunca nos habríamos imaginado que podríamos toparnos con uno y muchos menos en circunstancias tan excepcionales. Aunque no lo hayamos visto, ha sido muy emocionante este increíble encuentro y como dicen en la India sobre el tigre: no te preocupes si no lo ves, él sí te ha visto a ti.

Happy tough cookies. De izda. a dcha.: Isaac, Nacho (con el barquero anónimo detrás), Dani, Diana y Fran.

Nadie sabe cuántos jaguares hay en el mundo, pero su población está disminuyendo en muchas zonas y se considera ya una especie “Casi amenazada”, e incluso es probable que en la próxima evaluación se aumente la categoría de amenaza a “Vulnerable”. Se han descrito 34 subpoblaciones distintas que van desde el sur de Estados Unidos (donde es esporádico) al norte de Argentina, siendo de lejos las mayores las del Amazonas y el Pantanal, que reúnen en torno al 90% de la población y no presentan riesgo de extinción. El resto de las subpoblaciones (33) son mucho menores y sí están en riesgo de extinción, unas “En peligro crítico” y otras, como la del Chocó-Darién, “En peligro”. Sus amenazas principales son la desaparición y alteración de hábitat, caza (legal o ilegal) para trofeos y comercio de partes, caza (ilegal) por ataques al ganado, así como la competencia por las presas con cazadores (humanos). En los últimos años se está comenzando a extender su caza ilegal por sus colmillos, así como para usar sus huesos en la medicina tradicional china, como ya se hacía con tigres y, posteriormente, con leones.

El mejor lugar del mundo para ver jaguares en libertad es El Pantanal brasileño, donde con suerte es posible avistarlos desde embarcaciones en las orillas de los cursos de agua.

Foto de Leonardo Ramos (La odisea de salvar al jaguar, el tigre de las Américas (coolt.com))

P.D. El resto de las fotos de esta entrada las hizo nuestra compañera Diana Pérez-Aranda, ¡muchas gracias!

 



[1] Esa es la superficie del Parque Nacional de Darién, pero la extensión de la selva es superior.

[2] Sin embargo, un quad del Parque puede trasladar equipajes y víveres si es necesario.

[3] En Panamá, los pumas son relativamente pequeños y raramente sobrepasan los 50 kg de peso, bastante por debajo de sus congéneres norteamericanos. Los jaguares pueden alcanzar los 100 kg.