lunes, 23 de noviembre de 2009

Mi madre lo sabía: el sentido de la vida está en sentir la vida (adiós, mamá)

Foto: Mis padres pasándoselo en grande
en el lago Nakuru (Kenia), en 1998


Este es mi minúsculo homenaje a mi madre, esto es lo que he podido rescatar por ahora de entre esta inmensa ruina que ha dejado.


Algunos creen que nuestro cerebro está hecho para pensar, para computar montañas de datos y realizar complejos análisis que desembocan en pensamientos, más o menos profundos según la necesidad o las ganas. No es cierto, están equivocados: nuestro cerebro está hecho para sentir, para tomar todos esos datos, análisis y reflexiones y transformarlas en sentimientos: en amor, odio, alegría, tristeza, asombro, decepción, ansiedad, calma, placer, asco, admiración, envidia, melancolía, éxtasis… y mil otras cosas alucinantes. Pensar es sólo una parte del asunto, la vida consiste en sentir.


Y de eso, mi madre sabía un montón. Y eso mismo, mi madre nos lo inculcó… a su manera.


Me imagino, no lo sé, que eso es lo que mi padre, mi inmenso padre, vio en ella desde que eran casi unos chiquillos, y que eso era lo que compartían y lo que les mantuvo juntos y todo lo felices que se propusieron, que fue una barbaridad sin paliativos. Y, para ser coherentes con sus principios de sentir sin restricciones, también se enfadaron a veces, sin que eso supusiera mucho problema. De hecho, tenían una solución mágica para esos episodios: se prometieron no irse nunca a la cama enfadados. Una gran receta secreta.


Mi madre, en definitiva, se hizo un precioso caminito de sentimientos a lo largo de su vida, guiada por el mejor de todos, el amor, y sin hacerle tanto caso al guía otras veces como buena viajera independiente que era.


Su amor por su Pepe, mi padre, se encarnó ocho veces en sendas combinaciones genéticas con vida propia, de las que tengo el orgullo de formar parte y ninguna queja. Ni falta que hace hoy que entre a valorar ni a detallar la inmensidad de este amor, sólo tenéis que escuchar el viento triste que seguirá buscándolo por todos los rincones todavía por muchos años.


Otro de sus amores más tremendos, la música, lo plasmó primero en su exitosa carrera de piano y, más tarde, mediante no sé qué alquimia misteriosa, en un concentrado de genes melómanos que se materializó en mi hermano Carlos… con la graciosa colaboración de los genes pepunos, menos duchos en el tema pero no menos voluntariosos.


Su amor por las buenas causas, que son por supuesto las que llaman perdidas, lo transformó en muchos, muchos años de trabajo desinteresado fuera de casa. Consciente de lo perdidísima que debía ser la causa de sus hijos, sacó tiempo durante unos 14 años para ayudar a otros, menos perdidos pero que habían tenido la desgracia de padecer carencias e incluso de tener que haber ido a paliarlas a países lejanos como el nuestro. Matando dos pájaros de un tiro, mi madre aprovechó para aplicar en este último caso, -el de la la asistencia a refugiados-, su amor por otras lenguas y culturas, hablando francés, inglés, italiano, portugués y hebreo. Últimamente, pero sin intenciones asistenciales que se sepa, estaba aprendiendo catalán… a los 71 años de edad.


Y así transcurrió una vida, así pasaron los años, entre estos y otros amores, y, cómo no, entre otros sentimientos que siempre se hacían a un lado para no enturbiar la dicha. Mi madre vivió siempre sintiendo, sintiendo fue capaz de sobrevivir a la muerte de su marido - tan sólo hace dos años y cuando tanto les quedaba y nos quedaba por sentir juntos-, y sintiendo muchas ganas de vivir se le escapó la vida, qué torpe ella, en un descuido de su cuerpo, qué torpe él.


Mamá, no te preocupes, no perderemos de vista al guía. Papá, descuida, seguiremos esforzándonos en hacerlo bien, como nos habéis enseñado. Gracias a los dos, no tenemos nada que perder.

3 comentarios:

Rocío dijo...

Que palabras tan bonitas, Nacho. Estoy en la redacción y no he podido evitar emocionarme al leerlas. Tu madre era un ser excepcional: generosa, caritativa y abierta. Tengo maravillosos recuerdos de infancia junto a ella. Maribel solía cogerme de la manita y escuchar con atención todos mis 'dramas', los propios de una níña de 6 años. Ella me hacía sentir especial, importante, porque siempre tenía tiempo para mí. Nunca se lo dije, pero supongo que lo sabía porque cada tarde volvía a sentarme junto a su sillón para charlar un rato mientras las niñas hablaban de cosas de mayores. Pero a mí me daba igual, yo estaba con mi amiga Maribel, que aunque era mayor seguía teniendo alma de niña.

Rocío dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
inmaculada dijo...

Acabo de leer esto, un poco tarde, pero no me dejado de emocionar por ello. Que bonito.