miércoles, 11 de mayo de 2011

Leones en Etosha


Foto: Silvia Frías Nebra
Y es cierto, vivimos en Namibia y a cuatro horas y media de casa está Etosha, lo hemos comprobado dos veces en el último mes y está ahí. No hay que coger ningún avión, ni agotarse conduciendo por carreteras llenas de baches, ni contratar un safari y salivar hasta el día esperado. No, sólo hay que coger el coche y el material de acampada e ir, sin más zarandajas. Somos unos privilegiados.

Porque Etosha, junto con el Serengueti, el delta del Okavango, Ngorongoro y Kruger, es uno de los mejores parques nacionales de África, al menos de los que he tenido la suerte de visitar. Es enorme, tiene 22.000 km cuadrados (la provincia de Madrid tiene unos 18.000), y está repleto de animales.

Etosha tiene dos caras diferentes: la de la época de lluvias (que está acabando… ¿o no?) y la de la época seca, que es cuando la mayoría de los turistas lo visitan. La diferencia es enorme, no tanto por el paisaje como por la manera de ver los animales. En la época seca, cuando no hay más agua disponible, los animales se congregan en las charcas, naturales o artificiales, donde beben y de donde no se alejan mucho a lo largo del día (los elefantes, por ejemplo, no se separan más de 6 km de un bebedero). Es entonces cuando se pueden ver fácilmente numerosas especies de antílopes (springboks (foto 1), impalas, kudúes, ñúes, heartebeest, etc.), jirafas, cebras y elefantes abrevando juntos. Y casi cada abrevadero tiene su manada de leones residentes, que se dejan ver con mucha frecuencia.

Tres de estos abrevaderos están situados junto a los respectivos campings-lodges que tiene el parque: Okaukuejo, Halali y Namutoni, con la peculiaridad de que permanecen iluminados durante toda la noche. Con un pelín de paciencia y de suerte, se pueden ver en ellos leones, rinocerontes (negros y, desde hace unos años gracias a una exitosa reintroducción, blancos también) y otras criaturas más pequeñas difícilmente visibles de día (puercoespines, ginetas, mangostas de ciertas especies, etc.). En la época seca, en definitiva, todo es coser y cantar, conducir de abrevadero en abrevadero y por la noche quedarse en el del camping disfrutando del espectáculo.

Ahora, en la época de lluvias, es distinto. Este año en concreto ha llovido tanto que hay agua por casi todas partes (y en general en toda Namibia), y los animales no tienen ninguna necesidad de acercarse a los abrevaderos, además de que ciertas especies realizan pequeñas migraciones a otras zonas poco accesibles del parque, o incluso fuera de él. Así que los namibios te desaconsejan ir en esta época (razonable) y todo el mundo te dice que vas a ver pocas cosas. Tururú.

Es verdad que hemos estado casi 10 días entre los dos viajes, y que algunos de ellos hemos estado hasta 12 horas al día conduciendo por el parque a la búsqueda de los bichos más recalcitrantes (totalizando algo menos de 800 km de recorridos), pero el que la sigue, la  consigue, y con paciencia –y con pasión, claro- hemos visto un montón de animales.

Después de ver los primeros impalas, cebras, heartebeest (el antílope salido del Día de la Bestia, por cierto; foto 2), oríces (más conocidos por el nombre inglés: oryx), etc., y ya instalados en el camping de Okaukuejo, empiezan las emociones fuertes desde la primera noche: no muy lejos, se oye rugir un león. Para ponerle más emoción, si te distraes demasiado calculando dónde estará el rugiente, un chacal de lomo plateado (foto 3) te puede robar la cena delante de tus narices. El camping, como todos los de Etosha, está vallado, pero los chacales encuentran la forma de entrar siempre y se pasean entre  las tiendas a la busca de desperdicios, o de cenas calentitas si puede ser.

De día, una imperiosa necesidad apremia a todos los visitantes del parque: ¡ver leones!  A medida que van pasando las horas, hasta el más pintado va perdiendo interés en los innumerables springboks (antílopes saltadores), cebras, ñúes, avestruces, oríces, kudúes, heartebeest y otras “vulgaridades”, que no obstante son una preciosidad por sí mismas. Pero el que nunca los ha visto al natural, suspira por ver los leones, y parece que nunca los vas a encontrar. Pero sí, los encuentras, y desde lejos te relames ya al ver la silueta de una leona sentada bajo una acacia, que no mueve un músculo ante la llegada del coche. Con la adrenalina por las nubes, paramos a su lado y escudriñamos la hierba alrededor de la leona. Parece increíble, pero en dos palmos de hierba se puede ocultar perfectamente un león de 250 kg (de 150 a 200 las hembras) (foto 4). Y, efectivamente, vamos descubriendo paulatinamente a todos los componentes de la manada: ¡12 leones donde parecía que no había nada! Para que te fíes de la hierba… (hay gente que se baja del coche a fumar un cigarrito o a estirar las piernas en las praderas donde parece que todo está a la vista… Los leones tienen miedo de la gente y normalmente salen corriendo, pero si de repente te plantas a corta distancia de una manada con crías puedes crear una situación muy tensa. En Etosha no ha pasado nada nunca en esas circunstancias, pero no conviene tentar a la suerte).

Un ñú poco espabilado anda cansinamente en dirección a la manada. Vemos que las leonas están desplegadas en posición de caza, aunque son las 4 de la tarde y hace un sol muy fuerte. Se tumban entre las hierbas y asoman la cabeza para controlar la posición del ñú de vez en cuando. De repente, el viento cambia de dirección llevando el olor de la manada al ñú, que con un rápido galope se aleja en dirección contraria. Una leona, al ver que se escapa en el último momento, se arranca a por él (foto 5), pero los escasos 10 metros de ventaja que ha sacado el ñú gracias al viento son demasiados para que el lance tenga éxito y al final el ñú se queda inexplicablemente parado a un centenar de metros, quizás dando gracias al viento por la vida regalada. El tiempo ha pasado rápido, se hace de noche y tenemos que volver al camping.

Pero hoy vamos a volver a salir de noche, gracias a los safaris nocturnos que organiza el parque. Armados de foco, mantas y galletitas, como tiene que ser, salimos en el camión descubierto del parque con el afable Vericomba como guía, para pasar 3 horas (¡más!) deambulando por el parque. Hay luna llena, y a los pocos minutos de salir, dos masas inmensas atraviesan el camino como un rayo: ¡dos rinocerontes negros! La cosa empieza bien.

Interrogado Vericomba sobre nuestro itinerario, le soplamos a la oreja dónde hemos visto una manada de leones muertecitos de hambre que seguro que están armándola buena a estas horas. Vericomba, sonriente, se guarda la sorpresa pero nos conduce hasta allí (vamos con otras personas en el camioncillo). Y los leones tienen hambre: nada más llegar, vemos a una de las leonas más jóvenes salir corriendo, cruzando por delante de nuestro vehículo, para poner en espantada a una manada de springboks al otro lado del camino. El sonido de los springboks histéricos corriendo es tremendo, mil pezuñas intentando ponerse a salvo. Vericomba no está muy acertado con el foco (y yo no tengo dónde enchufar el mío) y no conseguimos ver con claridad lo que está pasando, pero de repente oímos gruñidos y el guía nos señala que el resto de la manada, apostados al lado contrario de los springboks, ha conseguido matar a uno que huía de la primera leona. Simultáneamente, otra leona, un poco más a nuestra izquierda, lanza otro ataque desesperado a los springboks, pero no consigue hacer presa.

La captura está un poco lejos, pero con los prismáticos podemos atisbar los leones, incluido un gran macho que por la tarde no se había dignado dejarse ver, gruñiendo y mordiendo en torno al springbok muerto. En estas circunstancias, da mucho gusto estar dentro de un camión (aunque no tenga puertas ni ventanas), acurrucado bajo una manta. Al cabo, vemos al león macho gruñiendo y dando pequeñas carreras para espantar a lo que parecen hienas que deben estar ya al quite del springbok muerto. Y eso que no íbamos a ver nada…

A la mañana siguiente, localizamos al león rugiendo en la madrugada, a poca distancia del camino. Con cada rugido salía vaho de su boca (foto 6). Después se fue a dormir a la espesura con el resto de la manada y no supimos más de ellos.

En el segundo viaje, con nuevos participantes e idénticas ansias (que comparto totalmente, por supuesto), hemos visto leones en cuatro ocasiones. En una de ellas, nos pasamos 2 horas y media contemplando a una manada de siete (un león muy viejo, dos hembras y cuatro cachorros) devorando un kudú que debían haber cazado por la noche o de madrugada (fotos 7, 8, 9, 10, 11, 12, 13, 14 y 15), . La misma tarde, después de una pequeña parada logística en Okaukuejo (las vejigas poco capacitadas sufren mucho en Etosha), salimos a aprovechar la media hora de luz restante y  nos soplaron que había un león a 1 km escaso del camping. Lo encontramos y lo vimos rugiendo a la luz del ocaso (fotos 16 y 17). Para completar la buena suerte, a unos pocos cientos de metros de este último león, vimos a la mañana siguiente otro león joven y una preciosa leona empezando a comerse un springbok que debían acabar de cazar (foto 18). Estaban en la misma puerta del aeródromo de Okaukuejo. Esta leona, curiosa ella, decidió acercarse hasta metro y medio de mi ventanilla mirándome fijamente (foto 19), así que la subí apresuradamente, pero pasó de largo y estuvo cotilleando otro coche para volver al springbok, que es siempre más interesante.

Pero no todo el mundo tiene instinto de supervivencia (o miedo), y si no echadle un ojo al baranda de esta última foto, subido en el techo de su coche (foto 22) para fotografiar a otro par de leones que vimos más tarde. Hay gente para todo, pero yo creo que eso es pasarse (y en el parque están de acuerdo).

Para completar el viaje, vimos una pareja de hienas moteadas (foto 20) un elefante (están muy escondidos en esta época), cuatro rinocerontes negros bañándose en un lodazal (foto 21) y, muy fugazmente, un guepardo asustadizo que pasó corriendo delante del coche y no quiso compartir protagonismo en esta historia. A la próxima será, ¡porque Etosha está ahí mismo!
[Nota: la foto 2 y 7-21 son de Silvia, la 1 y 3-6,mías]

miércoles, 9 de marzo de 2011

Por Zambia, sin hacha, ni pala ni cabrestante


© Mark T. Harvey

[NOTA: Esta vez voy a contar una historia ya un poco vieja, que nos ocurrió a mi hermano Pablo y a mí en Zambia en el año 2001. Volveré con cosas de Namibia próximamente]. 

En el año 2001, mi hermano Pablo y yo fuimos a pasar un mes a Zambia. Sin pensarlo mucho, y como queríamos ir por libre, alquilamos un pedazo de todoterreno y nos fuimos a recorrer el país, con la sola compañía de un cassette (sí, he dicho bien) de Bob Dylan (it ain't me babe!) y otro de AC/DC (throw them to the lions!).

Por el camino, conocimos a un zambiano blanco, que nos “invitó” a su campamento, pidiéndonos que le lleváramos unos enseres hasta allí. El campamento -el Buffalo Camp en el parque nacional de North Luangwa- resultó estar en un sitio chulísimo, en un brazo del río Luangwa con abundante fauna. Y, por cierto, tenía el mejor retrete en el que he estado en mi vida: una casetita con tres lados cerrados por pantallas de caña y el cuarto abierto, para admirar el río mientras lo usas. Insuperable.

Después de pasar allí un par de días, la última tarde hablamos con el gerente -un americano mayor más parecido a Jack Nicholson que a Robert Redford- de cómo podíamos hacer para seguir camino hasta el parque de South Luangwa, unos 100 km río abajo. “Muy simple: cruzáis el río dos veces y seguís por la pista”. Ya, claro, pero es que en el río no hay puente, ni nada que facilite el paso; que guasón el americano, ¿no?. Pues no, no era guasa, teníamos que cruzar el río por allí mismo, salir a la orilla contraria, recorrer unos kilómetros de pista y volver a cruzar el río más allá por segunda vez.

Por suerte, el río no era el Luangwa, imposible de vadear, pero sí tenía sus 50 metros de ancho y sus simpáticos cocodrilos. El americano nos preguntó si estábamos bien equipados para hacer el viaje: por supuesto, tenemos una navaja suiza, un cochazo, gasóleo y bocadillos, además de una estupenda brújula, contestamos tan ufanos. Ya, ya, pero ¿y el hacha, y la pala, y el cabrestante? Ummh, mister, ¡no axle, no shovel, no whinch!, se siente... La cara del hombre era un poema, debía pensar que estábamos chalados y que no teníamos ni puñetera idea de dónde nos metíamos. Pero oiga, ¿el camino es bueno hasta South Luangwa, no? Bueno, por ahora este año nadie ha pasado todavía después del final de las lluvias... , todo un consuelo para nosotros.

Esa noche no dormí muy tranquilo, porque me tocaba conducir al día siguiente.

Llegó el día D para el equipo “masters of disaster”, compuesto por mi hermano Pablo y yo mismo, más nuestro cochazo japonés que nos daba toda la confianza que el americano nos negaba con la mirada. Tan someramente equipados, con la navaja, la brújula y un esquemita del camino que teníamos que recorrer, esbozado por el americano, nos lanzamos al río por el punto en el que nos indicaron que era vadeable. ¡Y no se equivocaron! El agua no era muy profunda ni había mucha corriente y, conteniendo un poco la respiración, recorrimos los 50 metros felizmente, saliendo a la otra orilla sin que se nos metiera ningún cocodrilo por la ventanilla ni nada. El coche respondió perfectamente y no se caló, lo que hubiera supuesto un desastre de verdad (no, tampoco teníamos “snorkel”). Saludamos triunfantes a la concurrencia que había salido a despedir a los dos españoles chalados y seguimos el mapita.

Más adelante, de nuevo a cruzar el río. En ese punto, un simpático pescador se ofreció a indicarnos el punto de vadeo. Para él, indicar era meterse él mismo en el río y echar a andar delante del coche para guiarnos, ¡angelito!.Muy de agradecer, pero el problema es que el coche no podía ir tan despacio como él y se podía calar si no acelerábamos un poco, así que nos dedicamos a azuzar al santo pescador para que corriera un poco más, con el agua por las ingles y un coche de dos toneladas pisándole los talones. El afanoso zambiano estuvo a la altura de las circunstancias – y nuestra recompensa también- y pudimos continuar viaje después de haber cruzado dos veces el río.

El resto del camino fue casi coser y cantar, a pesar de que en algún punto la pista estaba cortada por árboles caídos, pero siempre había un rodeo factible. Para completar las emociones, tuvimos que pasar una profunda zanja, que nuestro toyotón superó sobre dos ruedas-tres ruedas-dos ruedas-tres ruedas sin despeinarnos (cosa que es difícil, por otro lado, en nuestro caso).

Ya sabéis, si os preguntan: no axle, no shovel, no whinch! Un costratourero que se precie jamás se preocupa por esas menudencias .

P.D.: hoy en día, 10 años después, llevo en el coche planchas para la arena, dos eslingas para remolcar, una pala, una sierra, un kit de reparación de pinchazos... gracias a otros costratoureros menos abúlicos que yo. Y, por supuesto, un montón de canciones de Bob Dylan y de AC/DC, que es lo más importante.

Pablo, por su parte, sigue yendo de safari con unos prismáticos de bolsillo y una cantimplora por todo complemento. El que sabe, sabe.

lunes, 7 de marzo de 2011

¿África para principiantes?


Bienvenidos a la nueva etapa de nuestro periplo por el extranjero: desde enero de este año, 2011, vivimos en Windhoek, la capital de Namibia, a 7.500 km de Madrid.

Muchos españoles califican este país como “África para principiantes”. Nosotros, que ya vamos siendo un poco menos principiantes después de 14 años de excursiones al sur del Sáhara, ¡estamos encantados!. Este África para principiantes, tan fácil de visitar, con buenas carreteras, buenos servicios, medios modernos e infraestructuras bien cuidadas, es un paraíso en el que se juntan estas ventajas materiales con unos paisajes espectaculares y una vida salvaje sobresaliente. En el “África para principiantes” no hay que irse a más de media hora de casa para estar paseando entre cebras y ñúes, o para encontrar huellas de leopardos, hienas marrones... Las montañas rodean la ciudad, los babuinos se pasean por las afueras, por las calles residenciales y los jardines se ven damanes, mangostas, ardillas y gallinas de guinea. 

A unas pocas horas de Windhoek hay algunos de los mejores parques nacionales de África, como el de Etosha, 22.000 km cuadrados repletos de elefantes, leones, guepardos y todo tipo de ungulados. En la costa oeste, las colonias de lobos marinos y de pingüinos del Cabo se intercalan con algunas de las mejores zonas húmedas costeras del continente, con millones de aves, y dan paso al interior al desierto del Namib, con dunas inmensas y algunas rarezas naturales únicas en el mundo. Y si no fuera bastante, siempre nos quedará al interior el final del desierto del Kalahari, la Costa Esqueletos, los extremos del delta del Okavango en la franja del Caprivi, el cañón del río Fish (el segundo más grande del mundo)... y decenas de otras zonas protegidas más pequeñas. ¡Viva el África para principiantes, nos encanta ser principiantes!

Namibia tiene una vez y medio el tamaño de España (823,680 km2) con apenas 2 millones de habitantes; es el segundo país del mundo con menor densidad de población (2 por Km2 de media). La capital, Windhoek, apenas tiene 250.000 habitantes. La mayor parte de la población se concentra, además, en la franja norte del país, en la frontera con Angola donde la lluvia es más abundante y la agricultura más fácil. Casi todo el resto del país está ocupado por granjas de ganado (vacuno, principalmente) y espacios naturales sin explotar. La economía se completa con la extacción de uranio, el turismo y la pesca, actividad esta última en el que las empresas españolas están muy presentes.

En conjunto, Namibia se califica como un país de renta media. Detrás de esta buena situación, la realidad es que es uno de los países con más desigualdad económica del mundo. Namibia fue una colonia alemana hasta la primera guerra mundial y después fue ocupada por Sudáfrica hasta el año de su independencia, obtenida en 1991. Lógicamente, el sistema racista del apartheid produjo un tremendo efecto que todavía se nota hoy en día, y la riqueza está mayoritariamente en manos de los blancos (que no llegamos al 10% del total de la población), mientras que una gran proporción de la población negra vive con las mismas apreturas que los habitantes de países mucho más pobres. A la mala situación económica de gran parte de la población se le añaden los efectos de la epidemia de sida, que está muy extendido en este país (un 20% de seropositivos) y que ha provocado una caída tremenda, como en casi todos los países de África septentrional, en la esperanza de vida para situarla entre 40 y 50 años actualmente.

Aquí se habla Afrikaans, inglés, alemán y 21 lenguas locales, como el Oshiwambo, el Nama, el Damara y el Herero. Varios de estos idiomas tienen fonemas que suenan como “clicks”, chasquidos casi imposibles de reproducir por nuestras torpes bocas (bueno, lo mismo podría decir del alemán y del afrikaans personalmente...). Casi todo el mundo es cristiano, principalemente luteranos y evangélicos, con algunos católicos y una minoría animista.

Hasta aquí la introducción, pronto contaré más cosas... Para abrir boca, os dejo algunas imágenes variadas en la sección de fotos.

viernes, 1 de octubre de 2010

Simplificación en verano


Foto: Silvia Frías Nebra (Mallorca)

Andando por ahí, en uno, dos, tres, cuatro países, bajo el mismo sol y diferentes cielos, cegadores o plomizos, soleados o locos, o todo al mismo tiempo. Casi nunca solo, pero siempre en buena compañía.

Pasan las selvas, las playas, los pinares, las ciudades, la arena, el asfalto, los mares, las piedras, los charcos, la lluvia. Pasan los cumpleaños, las fiestas, las cenas, las penurias y las alegrías, las bodas, los amigos que van y vienen, las familias, los nacimientos, los árboles, las muertes, los pájaros. Pasa que pasa, y qué bien que pasa.

De un lado a otro rápidamente, cambiando de vida en unos días o unas horas, ahora aquí, mañana allí y pasado en otro lugar distinto, quizá con gente distinta, bajo un cielo desconocido o demasiado conocido. Da igual, está todo bien.

Radio, cine, películas, libros, libros, libros, mensajes, revistas, carteles en las paredes, nada de tele gracias, frases pintadas, todo el mundo tiene algo que decir, en todas partes hay que buscar lo que sirve y pasar de largo frente al ruido blanco, ponerle hache delante a todo lo que haga falta, ignorar lo que no florece. No dar razones y no tener que tener razón.

Delfines en un acuario un día, miserables, idénticos delfines abrasando la superficie del mar al día siguiente. La vida que resiste a todo, desbordada y agarrándose a todas partes con los dientes. Nosotros también.

Todo al alcance de la mano, la mano que hay que alargar porque nada se queda esperando. A veces mi mano, a veces la tuya, a veces las de un amigo, nada más que buenas manos.

Volver, al final, a ver la tarde de verano surgiendo del Mediterráneo... y sonreír tranquilo.

Dedicársela a todos.

domingo, 11 de julio de 2010

Leones y un señor de Murcia




No había manera; nos habíamos pasado, mi hermano Pablo y yo, semanas dando la brasa sobre lo que se podía hacer allí y lo que no, cuáles son las normas de sentido común para evitar percances durante un safari, pero mi padre obedecía a su propia lógica. Una de nuestras furgonetas se había quedado atascada, aquí en medio del Masai Mara (Kenia), y mi padre aprovechó el hueco en nuestra vigilancia para darse él solo un pequeño garbeo junto al arroyo mientras se resolvía el problema. “¡Papá, los leones, los leones pueden estar en cualquier sitio, que esto es el Masai Mara!”. Mi padre, a su estupenda bola, y por suerte los leones no estaban ahí ese día.


También dimos consejos sobre la impedimenta: no hay que llevar nada especial, aparte de un buen gorro, gafas de sol, calzado cómodo y algo de abrigo. Bueno, cada uno lo interpreta como quiere, claro, y otro de mis hermanos nos sorprendió a la segunda mañana de safari con un traje de… ¡safari!, evidentemente. Sólo le faltaba el salacot, pero por lo demás lo tenía todo y en verde-ranger: pantalones, camisa, gorro de ala ancha con cordón… Cada cosa con sus respectivos bolsillos como mandan los cánones que debió componerse él en su cabeza.

Mejor o peor pertrechados, ahí estábamos todos juntos: ¡13 personas! Mis padres, mis siete hermanos, tres de sus novias y yo. Embarcados en dos furgonetas por las montañas y las sabanas keniatas en busca de aventuras.

El camino al Masai Mara, en especial, es largo, incómodo y polvoriento. Al cabo de unas horas, paramos a estirar las piernas en un recodo en el que había unos chavalillos observándonos. Ese día, gracias a mi madre, descubrieron el secreto de los muzungus (apelativo que se da a los blancos en suajili): ¡se pintan la piel de blanco! Sí, esa señora sin duda se estaba echando pintura blanca en los brazos y en la cara. Explícales tú que es crema para el sol…

Una vez en el Masai Mara, dimos vueltas y vueltas buscando el campamento, para acabar metiéndonos en un rincón en el que un inquietante cartelito de madera indicaba “aquí no hay camino” (hakuna njiaa hapa), lo que, por supuesto, no traduje a nadie más que a Pablo. Pero era ahí, albricias, al doblar el camino apareció por fin, a la sombra de los árboles, nuestro edén particular: el campamento prometido. Pero el edén se pobló de fieras corrupias que habían migrado desde Nairobi venciendo mil vicisitudes sólo para descubrir que en su paraíso... ¡no habían preparado la comida!. No sabían estos nativos a qué alimañas se enfrentaban, harto más peligrosas que las que les rodeaban cada noche en el Masai Mara: ¡la familia Fernández Aransay hambrienta, después de 10 horas de polvoriento y caluroso traqueteo en furgoneta! Muy amablemente, hicimos ver a nuestros anfitriones que tenían 30 minutos para improvisar unos huevos fritos, una cebra en pepitoria o lo que les viniera en gana, antes de que pasáramos a cuchillo del Coronel Tapioca a todos los insensatos moradores de la plaza. Estos, al grito atávico de “hakuna matata!” (no hay problema), doblegaron la rodilla y los 13 bárbaros muzungus revinieron a su amable estado natural tras el refrigerio.

Era cuestión ahora de instalarse, cada pareja en su tienda de campaña, si se le puede llamar así a una tienda con camas de verdad, espacio para darse un paseo entre cama y cama, y su propio baño con ducha y retrete, aunque fuera todo “de campaña”. Lo primero, como siempre, fue verificar la comodidad de los patriarcas, mis sexagenarios padres, pasando revista a su tienda. Amablemente se me informó de que un par de días antes habían sacado, precisamente de esa tienda, una simpática mamba negra, animalito que alcanza el más alto ranking entre las serpientes venenosas -y agresivas- de África. No dejé rincón sin mirar, ante la mirada divertida de mis padres, que pensaban qué su hijo estaba buscando alguna arañita que pudiera deslucir su estancia, y les ordené cerrar a cal y canto la tienda cada vez que entraran o salieran.

Bien reposados, comidos e instalados, nos fuimos a saludar, ahora sí, al Masai Mara, que envió para recibirnos una magnífica manada de leones que nos deleitó durante toda la tarde. En realidad, estábamos sólo en la reserva de caza y no el interior del Parque Nacional, por lo que de vez en cuando se veían masais conduciendo sus vacas, o simplemente pasando en bicicleta. Los leones debían tener hambre, y al divisar las vacas a lo lejos, se ponían de pie, pero en cuanto veían la espigada figura de rojo que las pastoreaba, se echaban de nuevo sobre la panza como dando la caza por imposible. Menos miedo les debía dar un facócero despistado -miope como todos los cochinos- que trotó en línea recta casi hasta la manada, hasta que en el último momento un golpe de aire le debió traer el olor de los leones y salió pitando de allí como el séptimo de caballería, con la cola en ristre y el corazón batiendo como una apisonadora.

Nosotros, por nuestra parte, extremábamos las precauciones para no llamar la atención de los leones (claro, claro, quitando el detalle de que les habíamos plantado dos furgonetas delante) y respirábamos más despacito cuando alguno de ellos se acercaba aunque fuera un poquito. Pero se estaba haciendo de noche, y el chaval masai que nos acompañaba quería irse a casa. Hasta ahí todo bien, lo malo es que él quería irse ya y ahí mismo, es decir, que quería bajarse de la furgoneta a 20 metros de la manada de leones, hecho que no le preocupaba lo más mínimo a pesar de que no alcanzaba todavía los 2 metros de altura reglamentaria de su tribu, ni llevaba lanza, maza ni cortauñas. “Ni hablar del peluquín, chaval, que tú serás muy masai pero nosotros no estamos acostumbrados a estos espectáculos de alto riesgo”, así que le dejamos bajar de la furgoneta sólo después de alejarnos unos 100 metros. Estos masais son más chulos que un ocho.

Y llegó la primera noche, con cena a la luz de las linternas y quinqués, con las mil anécdotas de nuestros guías, tan ávidos por entretenernos que contaron una historia en la que un búfalo acabó mordido por un cocodrilo en el hocico y un león en la grupa, y éste a su vez atacado por un leopardo por la espalda, al que espantó un elefante loco, que a su vez llamó a otro elefante porque veía que la tela no se rompía... Ah, no, lo siento, no recuerdo bien la anécdota.

Era una maravilla, haber arrastrado hasta una mesa dispuesta en un bosquete del Masai Mara, a toda la familia, todos juntos comparando las vivencias del día a los mil y un documentales de la sobremesa de la 2, y haciéndonos la boca agua con lo que todavía nos depararían los días de safari que nos quedaban por delante.

Los cebolleto-expedicionarios en Kenia, 1998 (Fernando, Rocío, Yoya, Pablo, Natalia, Irene,
 Carlos, Mª Isabel, Pepe, Luis y Nacho. Faltan JJ -el fotógrafo- y Nancy)

Y lo que había por delante, para empezar, era nuestra primera noche “in the bush”, como dicen los guiris, bajo la protección de una simple lona y sin valla alguna que nos separara de los moradores nocturnos de la sabana, aunque los vigilantes masais hacían guardia para nuestra tranquilidad. Sólo hay un secreto para dormir bien y del tirón en esas circunstancias: ¡no beber nada desde una hora antes de acostarse! Así, no hay que salir de la tienda para nada y no hay ningún problema. Y , por si acaso, una bacinilla al lado de la cama puede hacer milagros en caso de necesidad. Al día siguiente, más de uno amaneció con ojeras y la bacinilla repleta, desvelado por los rugidos de los leones y por las impertinencias de la vejiga, pero nadie, nadie, utilizó el famoso baño de campaña esa noche.

Para mí, no hay mayor placer que pasar una noche así, bien acurrucado en un saco de dormir, dentro de una tienda de campaña y despertado de vez en cuando por los rugidos de los leones, recordándote quién manda ahí cuando el sol se pone. Y si los que duermen a unos metros de ti, son tu familia al completo, la experiencia se convierte en el mejor viaje de tu vida, sin duda alguna.